Santo Tomás de Pata ya no puede olvidar

Han pasado ya algunos años desde que la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) publicó los resultados de las investigaciones que realizara por la cruenta guerra terrorista librada en el Perú en los ochenta y noventa, y lo que conoce la mayoría de los peruanos es únicamente Cantuta y Barrios Altos. Los dos emblemáticos casos de la lucha antisubversiva no grafican lo sucedido en la sierra y la selva del Perú, en donde ambos bandos, tanto el  militar como el subversivo desataron el terror, como no se puede uno imaginar. Son muchos los casos que están quedando en el olvido y lo peor de todo es que no están resueltos. Territorio promete retomar esas historias que no se deben olvidar y si a la mayoría de los lectores les aburre leer los informes de la CVR, aquí les damos una nueva alternativa. Les ofrecemos en esta oportunidad la historia de un grupo de trabajadores de un prestigioso colegio de Lima, que sufrieron la barbarie terrorista y militar en su tierra natal Santo Tomás de Pata, pequeño poblado de Huancavelica, sus declaraciones son realmente tristes y espeluznantes.

Treinta mil muertos es solo una cifra, los números no hablan, no lloran, no devuelven a la vida a un ser querido, por lo menos las palabras que se salvan de que se las lleve el viento trascienden en el papel, de algún modo, el olvido.

 

 “Tendría que haberme imaginado ser un turista que ve todo como desde afuera y siente solo un poco de estupor por

Víctimas del terrorismo trabajan ahora en colegio de Chacarilla (Fotos: Christian Rissi)

Víctimas del terrorismo trabajan ahora en colegio de Chacarilla (Fotos: Christian Rissi)

lo que sus ojos están presenciando, y quizá así ya hubiera olvidado todo hasta hoy. Pero cómo combatir el recuerdo si lo que has visto es a tus amigos y familiares con las extremidades destrozadas, en el fondo de un barranco y sus cuerpos aun dando pequeños saltos, las últimas convulsiones que te dicen que las personas que tanto quisiste ya no están ahí y que ahora solo hay masas sin forma llenas de sangre y tierra”.

Edgar Saldaña Paredes quiere pensar que son estas las palabras exactas que recuerda por las noches al ver entre sus sueños el rostro de su padre Crisóstomo pronunciándolas. Las ha acomodado al modo de expresión capitalina que ganó con los años, pero el corazón que las hilvana y se estremece sigue siendo serrano. Aquella fue la segunda vez que su padre se salvó de morir, los terroristas lo utilizaron como guía para ir hacia otro pueblo y lo dejaron vivir solo a él, a la tercera ya no tuvo suerte y fue en el mismo Santo Tomás de Pata, pequeño poblado del departamento de Huancavelica que sufrió el azote del terrorismo en la década del ochenta y noventa, donde le dieron muerte. Ahora, junto a Edgar un grupo de hombres de la misma localidad quieren borrar la imagen de sus desgracias, pero a la vez las necesitan para luchar por la causa de sus vidas, que es la de todas aquellas víctimas del terrorismo que no han recibido una reparación individual pese a haber sido afectados directos del terror. Estos seis hombres, convertidos en la representación de muchos campesinos que llegaron a Lima escapando de la barbarie terrorista y militar asentándose en los barrios más pobres de los conos, trabajan juntos en el colegio Nivel A de Chacarilla realizando diferente tipo de labores y solo pocos se imaginan qué es lo que están sintiendo cuando de recordar a la familia se trata.

Saben que existe una forma de ser indemnizados, pero no saben como hacerlo. Y como sucede en sus casos, existen muchas personas que no están incluidas en los registros oficiales de muertos y desaparecidos. La contabilidad que ellos llevan de los muertos en Santo Tomás de Pata es de 180, pero hasta el momento solo se ha realizado el reconocimiento de los cuerpos de las víctimas del 1 de noviembre donde hubo 38, los demás continúan aún sin saberse donde permanecen enterrados. Mientras tanto cada uno vive de sus tristes recuerdos, de los que sacan sus propias conclusiones.

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Jorge Laime señala a su pequeña hermanita de solo 2 meses de nacida abatida por Sendero Luminoso

La fecha que más ha sido recordada, en especial por la CVR, es aquella del 01 de noviembre de 1991 cuando se realizó la matanza de los 38 comuneros entre hombres, mujeres y niños. En esa oportunidad los terroristas esperaron que la base militar que había sido colocada en la zona se retirara debido a que el conflicto en Ecuador obligaba al ejército a entrar en una etapa de austeridad.

“Ahora estás tranquilito porque te está cuidando tu papá, pero espérate que se vaya y vas a sufrir. Te voy a matar, soplón”, le dijeron a más de un comunero mediante mensajes amenazadores. “Fue muy diferente a otras veces. Antes, cuando los terroristas llegaban teníamos tiempo de escapar corriendo por las laderas e incluso bajar por algunos barrancos peligrosos aledaños al pueblo, si teníamos suerte nos hacían formar para amedrentarnos y hacernos cantar. Pero en esta oportunidad, en cambio, ellos estaban preparados y muy molestos. Cincuenta hombres fueron colocados en cada punto de escape y a uno por uno nos fueron cazando como a animales”, comenta Jorge Laime.

Actualmente esos hombres esperan por alguna respuesta, saben que lo mucho que podrían lograr, si es que reciben el apoyo necesario, es la compensación por una injusticia a la que hasta el momento, por más que lo intentan, no han logrado encontrar un ápice de razón que la justifique. Sin estudios, sin desarrollo natural por haber quedado huérfanos desde muy pequeños, muchos de ellos esperan solo un incentivo para salir adelante; seguir viviendo, con resignación, es cierto, pero sin ningún rencor.  [Ahmed Alava]